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Roatán: cuando la fauna natural se convierte en mercancía — La historia oculta detrás del turismo de fauna silvestre

Detrás de las fotografías y videos de recuerdos de esas experiencias únicas y los cruceros que llegan a diario, existe una historia que pocos conocen pero muchos han presenciado sin comprender plenamente: la creciente explotación de animales silvestres para el turismo.



La escena es familiar para cualquiera que haya visitado la isla: un turista sonríe sosteniendo un perezoso como si fuera un peluche en French Cay, un tiburón nodriza nadando al rededor de los turistas en Pigeon Cay, o un guía ofrece fotografías con un mono a cambio de unos cuantos dólares en la playa de West Bay. Para muchos viajeros, son momentos “mágicos”. Para muchos isleños, es simplemente “una forma de ganarse la vida”. Pero detrás de esas imágenes hay una cadena compleja de tráfico, estrés animal, violaciones legales y un modelo turístico que, lejos de proteger el patrimonio natural de la isla, lo compromete seriamente.


El auge silencioso de los parques y "santuarios" privados

Este fenómeno no se puede compartir sin reconocer cómo el turismo masivo transformó la economía de Roatán. A medida que la isla se volvió un destino recurrente para cruceros internacionales, surgió una demanda evidente: los visitantes querían ver animales “exóticos”. Y aunque las Islas de la Bahía tienen fauna propia valiosa, esta no era “lo suficientemente exótica” para el mercado.


Fue entonces cuando comenzaron a aparecer centros turísticos que trajeron especies que no pertenecen a la isla. Los perezosos, por ejemplo, nativos de zonas continentales de Honduras y Centroamérica, llegaron a la isla principalmente por dos vías: captura ilegal o compra de traficantes que operan desde La Mosquitia. El Ministerio Público reveló en 2025 el decomiso de cinco perezosos que estaban siendo transportados hacia Roatán para abastecer esta creciente industria turística. El traslado no solo era ilegal: implicaba separar a animales extremadamente sensibles de su hábitat natural. Una vez el primer "parque animal" abrió en French Cay, comenzaron a abrirse réplicas de este modelo de negocios ilegal no solo en esa comunidad pero en otras partes de la isla.


Little French Key parecía, desde afuera, un cayo perfecto: palmeras alineadas como en una postal y un tour que ofrecía algo que ningún otro lugar en Roatán tenía ―felinos enormes y exóticos posando a pocos metros de los visitantes. Durante años, turistas compartieron fotos junto a un león, jaguares y, en ciertos momentos, incluso tigres. La versión oficial del lugar era sencilla y conmovedora: todos habían sido rescatados. El león, decían, venía de un circo; los jaguares, de situaciones de abuso y mas animales siguieron.


Pero esa historia se vino abajo cuando las autoridades hondureñas comenzaron a revisar qué estaba ocurriendo realmente detrás de ese zoológico improvisado. La noticia fue publicada en muchos medios incluyendo InsightCrime.

Las primeras alertas formales surgieron después de un incendio en 2018 que obligó a las instituciones ambientales a inspeccionar el área. Lo que encontraron no coincidía con la narrativa del lugar. Los equipos del ICF, MiAmbiente, la Fiscalía del Medio Ambiente y la PGR documentaron que muchos de esos animales ―incluyendo jaguares, un león, varios monos, guacamayas y otros mamíferos― estaban en posesión de Little French Key sin ningún tipo de registro, licencia ni permisos ambientales para su tenencia. La ley hondureña exige que cualquier animal silvestre, y especialmente los exóticos o en categoría CITES, esté debidamente inscrito, con trazabilidad de origen y condiciones de manejo certificadas. Nada de eso existía.


La inspección también reveló algo más delicado: varios de los felinos habían llegado a la isla a través de canales irregulares de comercio de fauna. Investigaciones periodísticas externas ya habían señalado que algunos ejemplares provenían de instalaciones del continente asociadas a decomisos por narcotráfico o tráfico ilegal de especies. Entre ellos estaba “Zimba”, un jaguar identificado por especialistas como el mismo animal que había sido decomisado en 2015, pero que inexplicablemente reapareció años después en Little French Key, encerrado nuevamente en una jaula.

Dentro del complejo, los técnicos del ICF y veterinarios del Estado describieron espacios reducidos, jaulas sin ventilación adecuada y animales con signos de estrés crónico.

La Fiscalía registró también reportes veterinarios que explicaban por qué algunas de las hembras habían perdido crías: comportamientos asociados al encierro, ansiedad constante y falta de condiciones apropiadas para su especie. Nada de lo que encontraron correspondía a un “santuario” o un centro de rescate; más bien, se trataba de un zoológico privado operando al margen de la ley. Con esa evidencia, la PGR ordenó el decomiso inmediato de varios animales y abrió expedientes para determinar responsabilidades por falta de permisos, mal manejo y posesión ilegal de fauna silvestre. El ICF inició procesos administrativos, mientras que MiAmbiente certificó que el establecimiento nunca había tenido autorización para mantener ni exhibir animales exóticos. Durante los operativos, caballos, monos, guacamayas y felinos fueron retirados o reubicados bajo supervisión del Estado.


La intervención dejó claro que el atractivo turístico que muchos visitantes habían disfrutado era, en realidad, la fachada de un sistema sin controles, donde animales que requieren enormes territorios y cuidados especializados sobrevivían encerrados en una isla privada sin aval ambiental. Little French Key se convirtió entonces en el ejemplo perfecto de cómo la demanda turística puede sostener prácticas que violan la ley y que terminan perjudicando a las mismas especies que se dice “rescatar”.


La intervención del 2025

En febrero de 2025, un operativo conjunto entre el ICF, la PGR y la Fuerza de Tarea Interinstitucional Contra el Delito Ambiental cambió la narrativa. En un solo día, 91 animales fueron rescatados de lugares turísticos en Roatán: perezosos, monos, guaras, tortugas marinas, caracoles reina y hasta langostas espinosas que eran mantenidas en condiciones irregulares para exhibición. La noticia recorrió Honduras, pero para los isleños no fue sorpresa: sabían que la presión turística estaba empujando a algunos establecimientos a actuar fuera de la ley.


El operativo fue una señal clara: la explotación de fauna silvestre en Roatán había alcanzado un punto crítico. Y aunque algunos empresarios aseguraban que tenían permisos, la propia ley hondureña deja poco margen de duda. La Ley Forestal, Áreas Protegidas y Vida Silvestre establece que la fauna es patrimonio del Estado y prohíbe su captura, transporte y exhibición sin autorización estricta. La mayoría de estas actividades no cumplía ni con el espíritu ni con la letra de la ley.


Lo que los turistas no ven

Pigeon Cays se ha convertido en uno de los tours más populares de Roatán, en especial por la oportunidad de nadar junto a los tiburones nodriza. Hasta hace poco, estas experiencias eran vistas como inofensivas, hasta que un video que se hizo viral mostró la otra cara de la interacción. La creadora de contenido Stacy Hemmans publicó en Facebook un clip donde, riéndose, ella y su amiga mostrando miedo, se aferraban a la aleta dorsal de un tiburón nodriza mientras otros turistas a su alrededor también se divertían. El video fue pronto eliminado, pero generó preocupación sobre el abuso de estos animales, que hasta entonces se consideraban dóciles.



Gunther Kordovsky, un residente austriaco de Utila con décadas de experiencia en la isla, compartió en entrevista para ARC+ que él mismo fue atacado por un tiburón nodriza:

“Se dice que no muerden, pero me succionó y me arrancó un pedazo de carne del tamaño de una hamburguesa de mi muslo; todavía tengo la cicatriz”, relató.

Su experiencia demuestra que la suposición de que estos tiburones no son peligrosos es errónea y subraya los riesgos de interactuar con fauna salvaje sin respetar sus límites naturales.


Asimismo en Roatán perezoso fotografiado decenas de veces al día puede parecer manso y tranquilo, pero esa quietud es un mecanismo natural de defensa, no un signo de confort. Los perezosos duermen entre 15 y 20 horas diarias; en los centros turísticos, muchos permanecen despiertos por obligación, manipulados constantemente frente a cámaras y expuestos a ruidos y cambios bruscos de temperatura. El estrés crónico en esta especie debilita su sistema inmune, altera su digestión —que ya es demasiado delicada— y reduce su esperanza de vida.



Cuando estos animales son capturados o sometidos a manejo humano frecuente, como sucede en experiencias turísticas donde decenas de visitantes los sostienen, la vida que llevan cambia de forma radical. Estudios científicos señalan que en recorridos turísticos donde los perezosos son pasados entre personas, el número de manipulaciones por día puede ser alto, con animales sostenidos por varios turistas consecutivamente y sin el apoyo adecuado de su cuerpo — lo que puede causar estrés físico y emocional, alteraciones en patrones de descanso y comportamientos que no se observan en libertad.


El estrés es una respuesta biológica real: al estar en un entorno ruidoso, cambiante y bajo constante contacto humano, los perezosos muestran niveles aumentados de vigilancia visual y menor oportunidad de descanso natural, lo que está asociado con ansiedad. Por esta razón y otras similares, en 2025 el Instituto de Conservación Forestal (ICF) introdujo regulaciones que prohíben el contacto físico entre turistas y animales vulnerables, incluidos los perezosos, en los centros de interacción de Roatán. A partir de marzo‑abril de ese año, los visitantes aún pueden observarlos de cerca, pero ya no se permite sostenerlos o manipularlos como parte de las experiencias turísticas. Aun así, muchos parques siguen haciéndolo.



Un residente de French Cay, que prefiere mantenerse en el anonimato, ha señalado al equipo de ARC+ que algunos “santuarios” que llevan consistentemente cruceristas y visitantes a tomarse fotos con osos perezosos hacen a los animales trabajar más horas de las que su biología permite.

Algunos osos perezosos han muerto tras días largos de explotación. Luego los cuerpos los esconden para que no los denuncien.

Otros residentes de la comunidad de French Cay han denunciado que ciertos parques o “santuarios” de osos perezosos en la isla publicitan que rescatan a los animales, en realidad adquieren fauna silvestre directamente de habitantes de La Mosquitia, hasta Roatán. Los animales, separados de sus hogares y familias, terminan enjaulados y expuestos a turistas, bajo la apariencia de un “rescate”, cuando en realidad se trata de un comercio de especies silvestres que perpetúa la explotación y el tráfico ilegal.


Los monos, por otro lado, son animales sociales que dependen de grupos estables para desarrollarse. Vivir aislados o interactuando con desconocidos todo el día les provoca frustración, agresividad y comportamientos anómalos. La mayoría de los monos usados como “atracción” fueron arrancados de sus grupos familiares a edades muy tempranas, lo que los convierte en individuos que nunca podrán reintegrarse completamente a un grupo social natural. Incluso las guaras, símbolo nacional de Honduras, sufren agotamiento y pérdida de plumas cuando son manipuladas o mantenidas en condiciones inadecuadas. Su presencia como animales “de foto” contradice directamente los esfuerzos de conservación que en Honduras tardan años en consolidarse.


La defensa local: pobreza, turismo y una realidad incómoda

Cuando las autoridades comenzaron a imponer restricciones, muchas voces en la isla respondieron con indignación. “Déjenlos trabajar”, decían algunos. “Es su forma de sobrevivir”. Y, en cierta medida, tenían razón: Roatán vive una desigualdad económica fuerte entre los sectores turísticos formales y las comunidades que dependen del ingreso diario.Sin embargo, justificar la explotación de fauna silvestre por necesidad económica es una solución temporal que genera problemas profundos a largo plazo. La necesidad económica ha moldeado la manera en que la gente justifica actividades que de otro modo serían ilegales o poco éticas. Por ejemplo, cuando un hombre utiliza un mono en la playa de West Bay para vender fotos a turistas, muchos lo defienden en línea, diciendo que está bien porque es pobre y necesita ganarse la vida. Sin embargo, el mono no está domesticado, no tiene permisos y se ve forzado a trabajar para el beneficio de alguien que lucha económicamente. De esta manera, la moral se ajusta a la necesidad: el argumento se convierte en que la supervivencia pesa más que la legalidad o el bienestar animal, y a los críticos se les dice que “no se metan en lo que no les importa.”




El turismo global está cambiando. El visitante informado no quiere una foto con un animal estresado; quiere experiencias auténticas, sostenibles y éticas. Las islas que han abrazado esta transición —como Bonaire o algunas zonas de Costa Rica— hoy lideran modelos exitosos de turismo responsable que atraen más ingresos a las comunidades.

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